Da igual por dónde se empiece a comprar: un producto, ineludiblemente, te lleva a otro. Los gurús de la motivación escriben libros para conseguir que les contraten conferencias, y estas a su vez se convierten en oportunidades de vender sus libros, más los demás artículos a los que el gurú dé su nombre, muchos de los cuales no tienen una relación visible con la búsqueda del pensamiento positivo. Uno de los conferenciantes superestrella de este mundillo, Tony Robbins, por ejemplo, vende en su página web complementos nutritivos, al lado de sus libros, y en una época promocionaba el colgante Q-Link, que supuestamente protege contra la radiación del teléfono móvil. A lo largo de Estados Unidos, se celebran cada año unos treinta festivales “Get Motivated!” [¡Motívate!], que atraen a muchos miles de compradores potenciales; pro el módico precio de unos cincuenta dólares la entrada, se puede oír a famosos como Colin Powell o Bill Cosby. En estos rallies suceden todo tipo de cosas (un periódico hablaba de “charlas llenas de lugares comunes, arengas, chistes como de despedida de soltera, spots publicitarios en vivo, patriotismo prefabricado, cristianismo a la antigua”), pero en general sirven como escaparate de docenas de artículos, como libros, cintas, entrenamiento personal, así como de los últimos avances en el arte del pensamiento positivo. Según John LaRosa, de Marketdata Enterprises Inc., la empresa que mide los resultados de este sector, “el negocio se hace sobre todo entre bastidores, como se suele decir”, gracias a la venta de “libros, cintas y paquetes multimedia”.

Son millones las personas que compran este tipo de artículos. Los más fáciles de convencer son quienes están luchando con una enfermedad grave, y también los que se hallan en el paro o en empleos poco estables. En 2007 conocí a una mujer llamada Sue Goodhart, una agente inmobiliaria que me enseñó varias casas, y le mencioné de pasada que estaba investigando sobre los oradores motivacionales.  La mujer sonrió como disculpándose y me señaló el asiento de atrás de su coche, donde vi una pila de cedés de motivación. Yo le tomé el pelo un poco, diciéndole que si era “adicta” a ellos, y me contestó que su familia era de clase obrera, y que a ella nadie la había animado nunca a ponerse objetivos ambiciosos. En cierto momento, durante la década de 1990, la inmobiliaria donde trabajaba había contratado a una empresa de motivación llamada Pacific Institute, que les dio un cursillo de cinco días sobre “fijación de objetivos, pensamiento positivo, visualización y establecimiento del entorno personal adecuado”, y ahí fue donde ella empezó a verse como alguien con voluntad propia y capaz de triunfar. Pero aquellos cinco días no le bastaron, ni mucho menos, y por eso seguía poniéndose cedés de motivación en el coche mientras iba de una casa a otra, primero porque “vender es un trabajo en el que te sientes muy sola”, y segundo porque esos cedés la ayudaban a “subir de nivel”.

Pero el sector de la motivación no se habría convertido en la industria que es hoy, capaz de mover miles de millones de dólares, si contara solo con los consumidores individuales.* Hay un mercado mucho mayor, y que gasta mucho dinero, en el que se ha hecho un hueco: el de los negocios en general, y el de las grandes empresas en particular. Las multinacionales compran productos de motivación al por mayor (los libros, sin ir más lejos, por miles de ejemplares), para regalárselos a sus empleados, y tienen dinero para pagar a los oradores motivacionales, que suelen cobrar honorarios de cinco cifras por charla (como poco). Las páginas web de los conferenciantes más famosos citan con orgullo su nómina de clientes, y allí aparecen casi todas las mayores empresas del país. Esas empresas, por su parte, pueden exigirles a sus empleados que asistan a las sesiones de entrenamiento, que vean los deuvedés o que vayan a los eventos de motivación. A mucho de los participantes en los festivales “Get Motivated!” les ha pagado la entrada su empresa.

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* Marketdata Enterprises estima que en el año 2005, el mercado total de los productos de “crecimiento personal” en Estados Unidos (incluyendo libros, cintas y entrenadores de negocios, dietas y relaciones personales) alcanzó los 9.600 millones de dólares, pero dan este dato con la cautela de que “aún resulta muy difícil obtener información de este mercado y de los competidores privados que participan en él. La mayor parte de las empresas u organizaciones son muy reticentes a brindar información sobre sus ingresos, sobre la cantidad de personas que han participado en sus programas o sobre sus resultados y su tasa de crecimiento”. En el año 2004, la revista Potentials estimó que el mercado anual de todos “los productos de motivación” movía unos 21.000 millones de dólares (Steven Winn, “Overcome the Gnawing Fear of Success”, San Francisco Chronicle, 24 de mayo de 2004). La International Coach Federation estima que, en todo el mundo, sus profesionales generaron en total unos 1.500 millones de dólares durante el año 2007, y la mayoría de ellos trabajaba al servicio de ejecutivos (Executive Summary, ICF Clogal Coaching Study, revisado en febrero de 2008).

Extracto de Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo (2011) de Barbara Ehrenreich, p. 120 – 122.