La tercera revolución industrial, según Jeremy Rifkin

Hace 2 años

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Algo sabemos con certeza: entramos en un nuevo periodo de la historia en el que las máquinas sustituirán, de forma cada vez más creciente, a los hombres en la producción de bienes y servicios. Aunque se hace difícil predecir un calendario, estamos embarcados en una carrera hacia un futuro automatizado y nos aproximamos, a pasos agigantados, hacia una era de poco o nulo trabajo, por lo menos en el sector manufacturero, en las primeras décadas del siglo XXI. El sector de servicios, aunque más lento de automatizar, llegará a un estado de plena automatización, probablemente, hacia mediados del siglo XXI.

El emergente sector del conocimiento será capaz de absorber un pequeño porcentaje de esta mano de obra desplazada, pero no la suficiente como para llegar a afectar, de forma substancial, el creciente desempleo. Cientos de millones de trabajadores quedarán permanente ociosos por el efecto producido por las fuerzas derivadas de la globalización y la automatización. Otros, todavía disfrutando de empleo, tendrán que trabajar muchas menos horas para poder distribuir, de forma equitativa, el volumen de trabajo disponible y suministrar el adecuado poder adquisitivo para intentar absorber los incrementos de producción.

A medida que las máquinas vayan sustituyendo a los seres humanos, en las décadas venideras, el trabajo de millones de ellos quedará liberado del proceso económico y de la presión de la economía de mercado. La única realidad válida para la era del futuro es la masa laboral sin capacidad de ser empleada, debiendo buscar cada nación la mejor forma de resolver este problema si se desea que la civilización pueda sobrevivir al impacto de la tercera revolución industrial.

Si el talento, la energía y los recursos de cientos de millones de hombres y mujeres no se reconducen hacia objetivos constructivos, la civilización continuará, con toda probabilidad, su camino hacia la desintegración y la conformación de un estado de creciente violencia social y de carencia de ley, del que puede resultar muy difícil hacer el camino inverso. Por esta razón, encontrar una alternativa al trabajo formal en la economía de mercado resulta la tarea crítica de todas las naciones de la Tierra. La preparación para una era posterior a la de mercado requerirá una gran atención a la construcción del tercer sector y a la renovación de la vida comunitaria.

A diferencia de la economía de mercado, basada única y exclusivamente en el concepto de «productividad» y, en consecuencia, objeto de la sustitución de los seres humanos por las máquinas, la economía social se centra en las relaciones humanas, en los sentimientos de intimidad, en el compañerismo, en los lazos fraternales y en el sentido de responsabilidad social en la administración de los recursos, todas ellas cualidades no fácilmente reducibles o reemplazables por máquinas. Dado que las anteriores son características que no pueden ser asumidas por éstas, se hará necesario garantizar un refugio al que los trabajadores desempleados por la tercera revolución industrial puedan acudir para encontrar un nuevo significado y renovados propósitos para su vida después de que el posible valor añadido de su trabajo, en el mercado formal, se haya convertido en marginal o innecesario.

Extracto de El Fin del Trabajo (1996) de Jeremy Rifkin, p. 333, 334.

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