Los entrenadores y los gurús de la autoayuda llevan años empleándose a fondo para encontrar la fuerza que lleve los resultados deseados hacia la persona que los desea, que coja el collar del escaparate y se lo ponga al cuello a la mujer que lo está admirando. Hernacki escribió en 1982 un libro en el que reinterpretaba la fuerza de la gravedad, que nos resulta tan familiar, apuntando la fórmula que vincula la masa de dos objetos con su aceleración. Pero basta con haber estudiado la física de secundaria para ver que aquí se presentan dos problemas. Uno, que los pensamientos no son objetos con masa, sino impulsos neuronales que tienen lugar dentro del cerebro. Y dos, que si ejercieran alguna especie de atracción gravitatoria sobre los objetos que tienen alrededor, no habría forma de que uno se quitara el sombrero.

Michael J. Losier dio con una formulación alternativa, que reconoce la naturaleza inmaterial de los pensamientos, y habla de ellos como “vibraciones”. “En el mundo de las vibraciones”, escribe, “hay dos tipos: la vibración positiva (+) y la negativa (-). Cada estado de ánimo y cada sentimiento te hacen emitir, enviar u ofrecer una vibración, positiva o negativa”. Pero los pensamientos tampoco son “vibraciones”, y las vibraciones que conocemos se caracterizan por tener amplitud y frecuencia… no existe eso de las vibraciones positivas o negativas.

Otra fuerza que le llama mucho la atención al pensamiento positivo es el magnetismo, desde por lo menos 1937, en que se publicó el libro Piense y hágase rico, que aún se vende a buen ritmo. En sus páginas se afirmaba que “los pensamientos, como imanes, atraen hacia nosotros las fuerzas, las personas y las circunstancias de la vida que armonizan con ellos”. Y ciertamente, en su calidad de impulsos neuronales producidos por la actividad eléctrica del cerebro, los pensamientos generan un campo magnético, pero tan débil que da pena. Un columnista de la revista Scientific American apunta: “El campo magnético del cerebro es de 10 ? 15 teslas, es decir, diez órdenes de magnitud más potente”. Diez órdenes de magnitud significan 10.000.000.000 contra 1. Y, como todo el mundo sabe, nuestras cabezas no atraen ni repelen los imanes, ni se nos quedan pegadas a la puerta del frigorífico.

Pero sí que hay un tipo de actividad mental que afecta al mundo físico, aunque hace falta mucha intervención tecnológica. Existen técnicas de biorretroalimentación que permiten que alguien aprenda, a base de puro ensayo y error, a generar una actividad eléctrica cerebral que mueva un cursor por una pantalla. Para ello hace falta además ponerse un casco lleno de electrodos, o electroencefalógrafo, que detecte los impulsos eléctricos intracraneales, los amplifique y los traslade al ordenador; la técnica se usa a veces para ayudar a personas que sufren parálisis total a comunicarse. En ello no interviene ninguna fuerza del tipo “la mente por encima de la materia”, excepto en sentido metafórico, si es que queremos pensar que la tecnología representa nuestra “mente” colectiva. Por lo demás, nadie es capaz de mover un cursor por una pantalla solo con la mente, sin asistencia técnica, y menos podrá mover dinero en dirección a su cuenta bancaria.

Extracto de Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo (2011) de Barbara Ehrenreich, p. 80 – 81.