Islandia se convirtió en los últimos años en un gran ejemplo de resistencia económica al sistema monetario y a los verdaderos valores y colores que puede tener la Democracia o el gobierno de los ciudadanos. En éstos artículos de éste blog pueden encontrar varias reseñas y documentales que reportan como Islandia ha combatido los especuladores y jugadores del mundo financiero que a diferencia de Grecia, como el siguiente artículo sugiere, han sentado un precedente importante para las futuras luchas de los pueblos por una nueva economía.
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Igual que en Grecia, la deuda externa de Islandia superaba varias veces a su Producto Interno Bruto.
Islandia tiene poco más de 100.000 kilómetros cuadrados y una población un poco mayor de 300.000 habitantes. Hasta antes de la crisis que se desencadenó a finales del 2008, el ingreso per cápita era de cerca de 56.000 dólares, séptimo en la lista de los primeros diez países más ricos del mundo; ahora ese ingreso se ha desplomado a 38.000 dólares.
Lo que cuenta la historia aleccionadora es que en el 2008 Islandia se declaró en bancarrota. Sobrevinieron una inflación galopante, la devaluación, la insolvencia para pagar hipotecas y deudas de consumo. Los banqueros habían desquebrajado las bases de la floreciente economía, floreciente de manera bastante artificial, como sucede siempre con esos booms basados en la especulación y en el engaño que hace que los ciudadanos se crean ricos, todos armados de una tarjeta de crédito platino, y dueños de tres automóviles, y casas de campo y casas de playa; este último es solo un ejemplo; ya se sabe que las costas de Islandia no son como para tenderse a tomar sol.
Igual que en Grecia, la deuda externa de Islandia superaba varias veces a su Producto Interno Bruto. El Fondo Monetario Internacional se dispuso a prestarle más dinero, pero las protestas en la calle hicieron caer al gobierno a comienzos del 2009, sin un solo disparo, por supuesto; unas protestas en las que, me imagino, participaron 300.000 manifestantes, es decir, toda la población de la isla. Unos indignados muy eficientes. Hubo elecciones parlamentarias de emergencia y se escogió un nuevo gobierno, que de inmediato tomó la medida de pagar la deuda de 3.500 millones de euros (Holanda e Inglaterra los mayores acreedores). Pero se trataba de un pago que sería cargado a los ciudadanos a un plazo de 15 años, al 6 por ciento anual. A esto se le llama amablemente “socialización de las pérdidas”.
Pero nadie estaba dispuesto a pagar los platos rotos, y el nuevo gobierno fue obligado a someter a referéndum la decisión; 93 por ciento votó por el NO, con lo que no me he equivocado al decir que aquellas manifestaciones congregaban a los 300.000 habitantes de la isla. El Fondo Monetario Internacional, muy prudentemente, hizo mutis por el foro. Eran manifestaciones pacíficas, sin armas de fuego, pero a los banqueros les tiraban huevos podridos cuando los veían por las calles. ¿Cómo hacían para reconocerlos? Seguramente por la calidad de sus trajes y de sus corbatas. Fue cuando empezaron a darse los órdenes de captura contra los especuladores financieros que se habían embolsado ganancias astronómicas.
Los ciudadanos decidieron también que debía aprobarse una nueva Constitución Política, y para redactarla se eligió a 25 ciudadanos independientes y honestos, sin ligas con los grandes intereses financieros. ¿Puede todo esto suceder de verdad? ¿Que la gente se rebele por unanimidad contra las iniquidades, que los delincuentes bancarios vayan a la cárcel y que existan 25 justos capaces de escribir, sin ataduras, la nueva carta fundamental de un país que ha decidido no dejarse engañar más?
Banqueros que se hacían préstamos millonarios a ellos mismos, y prestaban sin garantías a empresarios privilegiados, compinches suyos, a los líderes de los dos partidos políticos más tradicionales de Islandia, que se habían alegremente enriquecido, a los parlamentarios, un promedio de 10 millones de euros por cabeza para que todos estuvieran contentos. Los banqueros ofrecían suntuosas fiestas con estrellas internacionales del rock, y caviar y champaña, todo, ya se sabe, a costillas de los ahorrantes y depositantes. Estos señores y sus cómplices están tras las rejas, y los bancos fueron quitados de sus manos. Esta es la historia feliz.
La historia trágica es la de Grecia. La moraleja es que la democracia funciona, y los villanos son derrotados cuando la gente quiere y lo manifiesta en altas y claras voces.
GUATEMALA.
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